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Al maestro, en su día…

Armando Vásquez / 2018-05-15

HACE CUARENTA AÑOS la maestra Paulina –no me pregunte el apellido--, que nos daba quinto año de primaria le dijo al grupo que debíamos escribir un escrito que definiera lo que sentíamos sobre un suceso que en aquel entonces había sido una catástrofe, no recuerdo si era una tromba o algo parecido. Repetí tantas como unas diez veces la palabra “catástrofe” que maestra en lugar de regañarme me alentó.
Pasamos a sexto año de la escuela Vicente Guerrero de la colonia Palo Verde. Pertenecía a esa última generación donde los estudiantes eran, en tamaño más grandes que el maestro, luego fueron chananitas las que posteriormente siguieron a mi generación. Uno era pequeño en estatura ante los alumnos gigantones, pero no por ello dejados. Mi hermano también estaba bien comido.
En esa ocasión teníamos de maestro a un personaje que luego fue director de la escuela: el profe Fragoso, no sea pinchi, no me pregunte su nombre, pero fue de esas personas que causaron un alto impacto en mi vida.
El profe Fragoso quien nos decía a todos güeritos, nunca supe el por qué, pero los últimos seis meses de la primaria dejó de darnos las materias clásicas y nos llevó libros. Muchos libros, de esos gruesos llenos de pura letrita, viejos pero cuidados y nos los entregó a cada quien. Nunca supe de donde los sacó, me imagino que de su biblioteca particular porque en la escuela no había biblioteca. 
Los mesabancos eran para dos personas. No íbamos uniformados.  Y no empezaban los turnos vespertinos.
La clase consistía en leer. Se escuchaba cuando los libros caían del mesabanco al piso. Nos quedábamos dormidos leyendo. No había aire acondicionado y si, muchas ventanas, pero el calor nos obligaba a dormitar.
 Al siguiente día igual y así siguió el resto de la vida escolar que nos faltaba de primaria. Ahí estaba el profe, alentándonos para que siguiéramos leyendo, siempre leyendo. Recoge el libro y sigue, nos decía. Todos pasamos su clase.
Son de esos sucesos que te marcan. Pasaron meses para terminar de leer “Alí Baba y los 40 ladrones”, empastado en una fea presentación gris con cientos de páginas que parecían interminables. Fui el primer libro que terminé completo.
Pasamos a secundaria –una escuela privada denominada Secundaria del Noroeste que desapareció hace muchos años--, donde el maestro Oliver Ramírez nos ponía, creo que cada lunes, en honores a la bandera un poema relacionado con las águilas. Lector, estoy hablando de hace 38 años así que no de lata con el nombre del poema que terminaba: …”Y como las águilas”, o algo así, pero era inspirador.
Por cierto, el profe Oliver nos juntó a todos los alumnos para darnos una clase de educación sexual y nos mostró los peligros de no cuidarnos. Fue espantoso. Cuando murió el profe todos los alumnos le hicimos una bien merecida valla con rumbo al panteón del Palo Verde.
Pasamos al Cobach que tuve que abandonar para llevar dinerito a la casa y entré a laborar a Primera Plana hace ya 35 años del cual fuimos fundadores desde talleres y luego como reportero. En prepa quedé debiendo una materia que quince años después logré terminar gracias a una oportunidad que me concedió el profe Parra Enríquez y pasé al siguiente nivel, la escuela para adultos del Programa Supérate de la Universidad del Noroeste donde me gradué de Licenciado en Administrador de Empresa y sin presumir fue sin tesis por el promedio que no recuerdo pero creo que fue un 90 y tantos.
Ya me casé pero ya encarrerados me aventé la Maestría en Competitividad Organizacional en la UNO que finalicé siendo UVM y brinqué al doctorado en Administración Pública en el ISAP donde terminé las clases y sigo de doctorando pero casi a punto de finalizar con la tesis “Situaciones de crisis en Gobierno y su tratamiento en la prensa”. Lo curioso del caso es que esto de la escribida se me dio con la profe Paulina y se reforzó con el profe Fragoso de quien supe que falleció. No sé la profesora Paulina si vive, pero saque cuentas.
Todos, estimado lector, hemos sido influenciados por un maestro de primaria o de otro nivel. Desde el regaño y pellizco de la profesora Socorro en tercer año, el único que necesite en toda mi vida, (no necesité sicólogos para superar el pellizcón que me lo merecía) hasta el profe Fragoso que nos pedía resultados de las lecturas y quien influyó tanto con sus palabras de aliento que aún sigo en esto de la escribidera y tras 40 años de ello aun lo recuerdo.
Ahora que es día del maestro, la única manera de rendirles un homenaje es escribiendo de lo importante que fueron para uno. Ya después uno se enrola en la vida de profesionista y cuando es maestro entiende que no solo es el conocimiento que promociona en sus estudiantes lo que importa sino que hay algo más allá. 
Es darle a los alumnos las herramientas  necesarias para que logren sus objetivos de vida de manera individual y quien no lo entienda así, mejor que no de clases.
Por eso admiro a mi esposa que ha sido maestra durante tantos años y ha influido en tantos seres humanos que ahorita que debe de estar en Argentina cumpliendo con deberes magisteriales de nivel universitario, ojalá le llegue mi admiración y respeto. No se lo diga, no sea barbero. 
Hay tanto que escribir sobre los profes que las letritas de Alí Baba son insuficientes. 
EN FIN,  hasta aquí la dejamos, mejor mañana le seguimos y de nueva cuenta, a la grilla política que es lo de hoy.
Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 30 años de experiencia en medios escritos y de Internet, cuenta con posgrado en Administración Pública y Privada.
Correo electrónico: archivoconfidencial@hotmail.com
Twitter: @Archivoconfiden

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